Saben algo de Argentina II

En el primer envío hice un breve resumen de todas las bellezas que encierra mi país para brindar a los visitantes y sólo enumeré las diferentes regiones.
Comenzaré por las tierras del Norte, tal vez las más necesitadas de promoción dado que sus pobladores son los más arraigados a las costumbres de los primitivos habitantes y ofrecen al viajero sus artesanías, en tejidos, cacharros y bijouterie de plata como lo más valioso que tienen. Esto pasa a un plano secundario cuando uno se detiene ante esos macizos cordilleranos imponentes, esas callecitas de tierra recortadas entre los valles y las caras curtidas por soles y vientos que le dan a las pieles la misma sequedad que produce la aridez de sus suelos. El  ómnibus que nos llevaba, por caminos de cornisa, que permitían apreciar vistas diferentes en cada curva que abordaba, se detuvo varias veces para que tomáramos fotos sin saber que las mejores ya venían grabadas en nuestras retinas.

Allí vimos las primitivas ruinas de los indios Quilmes, los restos de sus viviendas y sus tumbas, rodeadas de inmensos cardones cuya estampa y esa verticalidad que los caracteriza me hicieron pensar que sus sombras por las noches se verían como gigantes custodiando el paisaje ante posibles agresores.


Atravesamos varios pueblitos pero mencionaré sólo algunos nombres porque considero que cada persona acapara para sí lo que vivencia más profundamente de allí que por suerte ninguna crónica sea igual a otra.

En los valles calchaquíes ( nombre de otra tribu de la antigüedad) experimentamos el “ECO”, en la inmensidad del silencio entre las montañas escuchábamos a “quién sabe quien” que repetía nuestras frases. De pronto nos encontramos con el Cerro de Siete Colores. No puedo asegurar que sean siete, pero sí que permite ver la maravillosa conjunción de minerales que les proporciona ese espectáculo para todos los que transitan por allí a través de los años y siglos.

Cafayate con sus vinos e increíbles tapices, Purmamarca con su iglesia, su plaza y una callecita que apareció en muchas películas y así se inmortalizó, el pucará de Tilcara como celoso custodio de un pueblo con las leyendas que se tejen en su entorno y finalmente se arriba a Humahuaca (declarada como patrimonio de la Humanidad) con su modesto pero riquísimo museo y el santo que a mediodía se asoma para que la gente que espera su aparición pueda  registrarlo con su cámara.

Podría contar muchas cosas más que se quedaron  conmigo para siempre (y ya hace unos cuantos años pero no puedo dejar de mencionar el impacto mayor: los músicos que hacen sus instrumentos con cañas del lugar (sikus, erques, quenas) e interpretan músicas que aprenden de sus mayores. Escuché melodías de Mozart y de Beethoven y supe que hacen conciertos de música clásica. Esto no debería sorprendernos en otros ámbitos pero sí aquí donde todo está  tan lejos de los centros culturales y donde entierran al diablo al terminar el carnaval y bajan de los cerros las vírgenes para las procesiones, rinden culto a la pachamama (tierra) y las cajas acompañan las coplas con las que rinden el culto a sus particulares creencias.

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